Gris y Azul
Angust
Yaoi, muerte de un personaje.
Para Retos Ilustrados. Concurso de Junio
Si podía definirse de alguna manera en ese día, diría sin lugar a dudas que estaba molesto, su rostro ensombrecido no dejaba a la luz ninguna de sus facciones, cubierta totalmente por esa capucha que todos los de su especie debían portar. Las altas paredes grises de su “hogar” estaban ensombrecidas por la escasa luz de la luna que iluminaba el cielo, si se le podía llamar de alguna forma. En su habitación no había nada más que una especie de cama y un jarrón con violetas frescas y otras marchitas, apretó entre sus pálidos dedos una flor marchita, comenzaba a tomarle un odio increíble a dicha flor.
Una voz en el pasillo le hizo alzar la vista, de nuevo estaba ahí otro ser encapuchado como él, más alto, más fornido, lo único visible en su rostro era una boca que tenía una sonrisa torcida, burlona –Estoy seguro traerás otra violeta a casa – dijo el recién llegado al ver el jarrón rebosante de flores, el aludido solo hizo un ademán grosero con la mano –Piérdete Zix – dijo tajante antes de caminar a la salida.
-¿De nuevo tienes que ir por él? Se burlará de ti nuevamente – dijo la figura que respondía al nombre de Zix, el otro ya estaba en la puerta dispuesto a irse, extendiendo sus alas de murciélago antes de girarse a verlo –Esta en la lista, debo guiarlo a pesar de que se escabulla - dijo tranquilamente, antes de dejar la conversación saliendo por una ventana del pasillo alzando el vuelo para perderse en la niebla del horizonte de ese lugar.
Voló un rato antes de quedar de pie sobre un edificio de la ciudad humana que pertenecía a su “encargo”, descendió quedando en la ventana del 5to piso, ahí estaba una oficina de administración, la principal de la empresa dueña de ese edificio, no tardó mucho en aparecer la victima señalada, no podría olvidarlo, un hombre alto con un traje caro, el cabello relativamente corto, que caía en mechones descuidados color paja sobre unos ojos azul cobalto, tendría unos veinte y pocos, según su orden era un joven empresario, de 25 años, su nombre estaba escrito en rojo, Andrea D’Vega. Ese hombre que tantas molestias le había provocado, tantos regaños y disgustos, ese que se burlaba de él, debía acabar con su vida de una vez.
Esperó pacientemente, se internó en el edificio, que importaba si después de todo el era invisible para ellos, cuando el hombre estuvo solo un aparato estalló incendiando las cortinas y los muebles, el humo no se hizo esperar y pronto el cuarto estaba sofocado y ardiendo, podía escuchar la tos de Andrea mientras buscaba como salir del lugar, el solo observaba, esperando a que finalmente cayera en la inconsciencia y su corazón dejara de latir, pero el hombre no moría, pudo verlo salir por la ventana y caminar por la cornisa, ahora le hizo resbalar para que cayera y terminara por morir en el impacto, pero el hombre se aferraba hasta llegar a la ventana de la oficina vecina pidiendo ayuda, le dejaron entrar, auxiliándolo a la brevedad, mientras él hervía en su coraje, de nuevo se había escapado.
Ahora estaba en su cuarto, mirando dormir a un empresario agitado por su cercanía con la muerte, debía llevárselo ahora, si dormía incluso sufriría menos, se acercó a su cama y estaba por colocar sus manos sobre sus hombros para tomar su alma, cuando el hombre despertó y caminó al baño, al salir se puso a ver la televisión víctima de un repentino insomnio, mientras el maldecía en todos los idiomas que se sabía, dándose por vencido de nuevo se fue, cuando le miró rezar como siempre en la ventana – De nuevo he evadido a la muerte, muchas gracias por perdonarme este día – decía su mantra, dejando una violeta en la ventana, cuando regreso a ver la tele el solo la tomó, de nuevo iba dirigida a él y su incompetencia, el humano no sabía que se estaba burlando de su muerte asignada.
La muerte estaba sentaba en un columpio de un arque cercano, invisible, callado, a esa hora no había nadie ya en el lugar, a él nunca se le había escapado nadie, solo ese sujeto, ya había perdido la cuenta de cuantas veces se había salvado, había hecho de todo, accidente automovilístico, marítimo, que le cayera un objeto pesado desde alto, que le asaltaran, estar en el robo de un banco, que lo atacara un perro rabioso, sin imaginación se había quedado cuando se salvaba de todo por una u otra razón, frustrado, viendo ya la cara de Zix al verlo regresar con otra violeta, harto estaba, pero sabía que no se salvaría de la burla, regresó a su hogar: Zeff.
Zeff era la construcción donde Vivian la “muerte”, Death’s, seres que recogían las almas de los humanos, también donde vivía la verdadera “Muerte”, el sabio de entre esos seres, su jefe. En cuanto llegó a su cuarto y dejó la violeta en el jarrón, miró a Zix en la puerta – No estoy de humor para… -comenzó a decir cuando el otro solo negó con la cabeza, serio – Te llama el jefe…- fue lo único que dijo, lo que le hizo palidecer aun más, tragó saliva y se dirigió a la sala principal, donde estaba un ser encapuchado sobre un trono de huesos, una guadaña roja en su mano y él, pequeño, solo se acercó hincándose a sus pies.
-Sei… no has cumplido con tu encargo- dijo la voz implacable del encapuchado, el otro solo se encogió en sí mismo –Señor, ha evadido todo lo que le he enviado, parece aferrarse a la vida- se excusó Sei, temiendo lo peor –No me importa, te daré una última oportunidad, trae su alma o te rebajaré a ánima –dijo firmemente, antes de abrir a los pies de Sei un hoyo, que lo hizo caer en una oscuridad absoluta.
Andrea, caminaba por el parque con un paraguas en la mano, refugiándose de la lluvia camino a su casa, cuando miró tirado en el suelo a un joven de unos 17 años, se acuclilló a su lado- chico, despierta, dime ¿Estás bien? – Preguntó preocupado mientras el chico despertaba mirándolo con incredulidad, observándose las manos antes de mirar con unos vacios ojos grises, bajo el derecho tenía una marca con el número 32 escrito en romano, al mayor -¿Andrea?- dijo el joven para sorpresa del rubio, que entonces reparó en el chico, tan blanco, con un rostro bonito, el cabello negro que llegaba a sus hombros excepto en sus patillas, que eran largas y llegaban hasta sus rodillas, con cuentas de cristal en los extremos, se sonrojó al considerarlo adorable- Soy yo… ¿Tu eres? –dijo ayudándolo a levantarse, cubriéndolo de mojarse más con su paraguas- Sei, te he estado buscando Andrea –dijo con una mirada suave, tranquilo, el mayor se sintió derretirse y le condujo hasta su casa, para ayudarlo a secarse.
-Sei ¿De dónde vienes? –preguntó el rubio mientras le pasaba una toalla dejando al de ojos grises secarse, el chico parecía ausente, incluso no se quejó cuando le prestó una camisa, al haber tanta diferencia de tamaños le quedaba casi como vestido, pero a él le daba igual –del cielo- dijo sincero, provocando que Andrea lo abrazara, Sei no entendía nada y solo atinó a sonrojarse.
-¿Por qué sabes mi nombre?- preguntó el rubio sin soltar al pelinegro, el cual tenía una expresión seria en su rostro y sus ojos vacios sobre él- Porque tú deberías estar muerto –dijo sincero, mirándole, el rubio lo soltó con una sonrisa leve en el rostro, lo que sorprendió al otro.
-Lo sé- fue la respuesta del de ojos azules, sorprendiendo al otro, se sentó en la cama dejando al otro de pie- me he salvado de muchas, pero es que yo sé que no puedo irme hasta conocer al amor de mi vida –dijo con una sonrisa triste, el ojigris le miró escéptico, acercándose a él –Eso no es verdad, tu hora llegó hace un mes –dijo casi molesto con él, como seguía burlándose de él- son demasiadas flores ya, ¡muérete de una vez!- dijo rotundo, el ojiazul lo miró y solo se quedó serio.
-¿Eres la muerte Sei? – le preguntó entre en broma y en serio, el pelinegro asintió- Así me dicen los humanos, estoy harto de que te burles de mi, esas flores no pueden ser rechazadas pero las detesto- dijo molesto, tomándolo de la ropa, el mayor solo le tomó las manos- No me burlaba, era un pequeño pago por más tiempo, solo quería encontrar al adecuado, pero, si hubiera sabido que tú eras la muerte, me hubiera dejado morir- dijo tomándolo de la cintura y subiéndoselo a las piernas, tanteando su cuerpo medio desnudo, el otro le miró con incredulidad, con el rostro serio- No soy humano- dijo tajante, pero las manos del mayor le recorrían, haciéndolo suspirar, no entendía que pasaba, el mayor solo le abrazó, sonriéndole y pidiéndole silencio, apagando la luz y haciéndolo gemir. La noche pasaba mientras la muerte no podía resistirse a ese acto humano, era demasiado extraño y placentero, mientras unas palabras simples lo desarmaron –Me he enamorado de mi muerte –dijo mientras lo tenía a su merced, aunque este terminó por dormirse aferrando a tan letal persona.
Sei no sabía cómo había terminado todo así, ahora que miraba dormir a tan extraño humano, se levantó, sintiendo las manos de ese humano aun sobre su cuerpo, pero aun en ese acto nunca le permitió besarlo, no podía hacer eso, ahora que lo tenía a su merced no podía matarlo, un vacio en su interior se lo impedía, de su espalda salieron sus alas de murciélago, y su cuerpo fue cubierto por esa toga negra, lo miraba con los ojos grises llenos de tristeza, ellos no tenían sentimientos, o cosas como esas pasaban, pero le dolía, no quería llevárselo y no verlo de nuevo, quizás él mismo nunca había querido matar a ese hombre, pero, no podía evitarlo, estaba escrito, se acercó sentándose sobre la cintura del rubio, despertándolo.
-Andrea, debes morir- le dijo con la voz lo más firme que pudo, el ojiazul le miró con tristeza, aferrándose a él- ¿Volveré a verte, Sei? No sé como es el otro lado- dijo sin decidirse a soltarlo, entonces, solo pasó sus manos pálidas por su rostro, negando con la cabeza- Bésame, y tu vida se terminara, procuraré por el bien de tu alma –dijo con la voz atorada en la garganta, el ojiazul derramó una lágrima antes de aferrarlo a su cuerpo, un último “te amo” salió de su boca, antes de unirla con los labios del menor, en un beso lleno de sentimientos, el ojinegro sintió como sus fuerzas se perdieron y sostuvo el cuerpo inerte del rubio, sin vida, todo había terminado.
Lo recostó en su almohada, y se levantó de la cama, podía ver la casa vacía y en silencio, la televisión encendida era un ruido en la lejanía, así que fue a apagarla, junto al sillón estaba una cerveza vacía y una sopa a medio comer, que nunca seria terminada.
Entonces lo miró, el cuerpo sin vida de ese humano que le hacía doler el pecho, sin poderlo evitar lloró, se arrepentía de haberlo matado y hubiera dado cualquier cosa para que no hubiera sucedido, se abrazó a si mismo tratando de sentir ese tacto sobre su cuerpo, era demasiado para él, solo pudo acercarse y tomar su alma entre sus manos, sintiendo su tibieza, regresando al Zeff.
Pocos pudieron entender su dolor, no entendían por que se aferraba a esa alma humana negándose a entregársela a alguien, se recluía con sus violetas marchitas y esa alma, hasta que el jefe lo hizo ir a su encuentro, pidiéndole el alma, no se la entregó, se aferraba a ella diciendo que era suya, que no podía dejarlo ir.
-Sei… eres una vergüenza para los death’s- dijo el inconmovible jefe, mirando al joven desecho- Lo amo, le suplico que no me lo quite, a cualquier precio, lo cumpliré –dijo llorando sin importarle nada, el ser encapuchado tomó el alma de Andrea y pronto un cuerpo apareció, un Andrea ánima, la existencia paralela en el mundo de los muertos, con los ojos cerrados, lo dejó en el suelo y tomó del cuello a Sei- Era tu deseo, es un ánima, pero, tú no puedes volver a cumplir tu deber, debes pagar el precio –el ojigris asintió, cerrando los ojos con resignación, su cuerpo era sostenido mientras una mano de hueso tomaba la enorme guadaña roja, los ojos azules de Andrea se abrieron para ver al ojigris suspendido por su cuello, mientras la filosa hoja le cortaba las alas, un mar de sangre apareció y la toga negra de esta se volvió blanca, mientras la sangre la teñía rápidamente, con un rasguño le rasgó la piel de la cara donde tenía el número 32, una seriación que ya no sería necesaria, el rostro de horror de Andrea no se hizo esperar y un grito desgarrador salió de su garganta, el ser encapuchado arrojó el cuerpo ensangrentado de Sei a los brazos de Andrea -largo, no pueden regresar a Zeff –fue lo que dijo antes de que el hoyo negro apareciera dejando a un confundido y destrozado Andrea en medio de una calle de piedras, sosteniendo el cuerpo sangrante de Sei.
La gente de palidez extrema le ofreció la que sería su casa, aparentemente condenados a vivir en un mundo de muertos, sin derecho a cielo o a infierno, ni posibilidades de reencarnación, atrapados en la eternidad de los reinos inertes, mientras Andrea espera sentado junto a una cama a que su amado despierte, aunque meses han pasado y las heridas de su espalda no sanan, ni el despierta, pero el rubio espera en silencio, tiene toda la eternidad para esperar, con la esperanza que despierte en algún momento, y le reclame, pero el solo le sonreirá y le dirá que no ha tardado nada.
28 jun 2010
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