15 may 2010

La canasta de Duraznos

Reto Nº 3.

Carta: Tristeza.
Tabla: Desamor.
Fandom: Original.
1. No hables

¿Desde cuando estamos así?

Hace un año que nos conocimos, ella era la edecán más linda en una presentación de las distintas empresas, yo, un joven empresario que comenzaba a hacerse notar en una gran compañía, la vi., me vio, y al final del evento la invite a salir.

Fue una linda cita, y a esa siguieron más, al mes nos hicimos novios y a los tres meses nos mudamos juntos a un departamento amplio cercano a un parque, es una chica poco ambiciosa y con pésimo desempeño de ama de caso, sin embargo, yo la adoro, es inteligente y dedicada, su carácter es agradable y da pláticas amenas, además, es terriblemente hermosa, de esas que hechizan con una mirada centellante, ella sin duda tiene encanto.

Pocos caprichos no le he cumplido a la exigente chica, sin embargo verla sonreír es el gran premio por mi esfuerzo, esa sonrisa dulce al despertar a su lado teniéndola entre mis brazos, o sus lagrimas al ver el desastre hecho en la cocina al intentar en vano cocinar, no se porque la amo tanto, y aun así como todo se viene abajo en un momento.

Considero que no he hecho nada malo o para hacerla disgustar, y sin embargo ella no me sonríe igual ni me presta atención, si, se que sueno infantil por pedir su atención pero no considero posible que no me hable si no hay nadie más en la casa, comprendo que se aburre y no le restrinjo salir, sin embargo, ella cada vez es más distante, sus respuestas son monosílabos cortantes que me dirige mientras se maquilla con esmero frente al espejo ovalado de su tocador.

“Dime, ¿Qué he hecho para molestarte?” Le he preguntado más de una vez, no molesto
no triste, si no con suavidad para que no piense que me molesta su actitud, ella solo
niega diciéndome que nada he hecho, que simplemente no esta de humor.

Su mal humor se hace cada vez más constante y pasa más tiempo fuera, yo trabajo y le cumplo sus caprichos pero ya no hay ninguna muestra de agradecimiento, como si fuera mi obligación cumplir con las demandas de la exigente princesa, me siento decaer al ver como pasa todo esto.

Los últimos días me sonríe con la misma dulzura antes de salir en la mañana sin decirme a donde, yo no le pregunto ya que no quiero importunarla, pero sé bien que esa dulzura no es igual, no me llena el corazón, no me gustan las cosas por compromiso.

Hoy ha sido mi día libre, ella no pareció recordarlo y estoy solo en la casa, ese vacío triste en la casa que ya no tiene ni una muestra de felicidad de mi chica, no esta el eco de s risa vivaracha, no, solo vacío, nada más que decir.

Con tranquilidad me dirijo al refrigerador, quizás comer algo me ayude a pasar el tiempo y calmar este vacío, veo ahí dentro una canasta llena de duraznos, no recordaba que los tuviéramos, reflexiono un momento y me doy cuenta que una vecina que posee un huerto nos los había obsequiado hacia un par de semanas, con una sonrisa saque la canasta de fruta y la puse en la encimera, los pobres duraznos se ven en cierta parte blandos por el descuido de dejarlos tanto tiempo.
Saco de un cajón un cuchillo y comienzo a partir los duraznos, quitándoles las partes maltratadas y poniendo en un plato lo demás, me da tristeza que el descuido de estos haya provocado que algo tan dulce se perdiera, me recuerda a algo y eso me hace sonreír con cierta melancolía, así era la vida.

Tiro los desperdicios y corto en cuadritos la parte buena de la fruta, llevándome uno a la boca, era tremendamente dulce y jugoso, mejor aun que cuando estaba en su punto perfecto, pero aun así la inmensa dulzura de un trocito no te satisfacía como morder la fruta entera y bonita aunque al morderla no fuera tan dulce, sonreí, lo había entendido, así que deje la fruta en el plato y me dirigí a mi cuarto, sabia que debía de hacer.



Por la noche llegó una chica al lugar, con una sonrisa que se comenzaba a borrar al notar la luz en el comedor, sobre la mesa estaba un plato con duraznos partidos, con el cansancio que traía por haber salido con sus amigas tanto tiempo para distraerse se sentó a comerlo, estaba muy rico, muy dulce, así que gustosa se los comió todos, se levantó a lavar el plato y notó que bajo este estaba una nota, era la letra de su novio, hizo un gesto de duda y la alzo para leerla, un gesto de sorpresa se instaló en su rostro y corrió al cuarto abriendo el closet, no había nada de su ropa. Ni sus trajes ni sus corbatas, corrió al baño y no estaba su cepillo de dientes, en toda la casa no había nada de él y con pesar se dejó caer en el sillón pasándose la mano por la cabeza, había sido su culpa, él había sido un gran novio y ella no lo había sabido apreciar, se sintió tan tonta pero no pudo llorar, ya que la culpa se lo impedía.



En el balcón de un hotel se encontraba un sonriente chico, mirando la noche con tranquilidad, no valía la pena estar al lado de una persona que le daba esa dulzura hueca, no más silencio incomodo, había sido un “durazno” agradable.



La chica tomaba una copa en el sillón con un gesto de seriedad mientras una lágrima le pasaba por la mejilla, y en la mesa estaba la nota escrita pulcramente.

“Amor… La fruta siempre es más dulce antes de echarse a perder. Adiós”

1 may 2010

Jaque

No 25 Poder Ingenuo


Las paredes retumbaban haciendo que las lámparas de keroseno tintinearan amenazando con caer, las pobres personas escondidas en esas madrigueras temblaban de miedo ante cada nueva explosión, tenían días ¿O semanas? Sin distinguir el día de la noche, las horas eran irrelevantes para el que no espera, un minuto podía ser tan largo como una hora y una hora tan corta como un parpadeo, lo único constante era el miedo que los invadía como la humedad a ese túnel.

La gente ya no lloraba y los rezos ya no se escuchaban, no había esperanza ya, solo miedo, miedo y nada más, el deseo de supervivencia comenzaba a ser eclipsado por la necesidad de paz, una paz que quizás la muerte ya no traería, no había ganas de luchar, todos se habían rendido, esperando el final.

En la superficie todo estaba destruido, los enormes edificios que alguna vez demostraron una belleza colonial eran solo un sinfín de piedras y granito en el suelo, amontonados encaprichadamente como los juguetes de un niño, el cielo era gris y el aire apestaba a pólvora, las explosiones eran constantes y devastadoras, terminando por destruir la fe de los habitantes.

Los cañones cantaban el himno de la guerra, reclamando una tierra gloriosa que ahora solo era un desolado desierto, los soldados reían una victoria inminente buscando el último refugio de los infelices que alguna vez habitaron esa tierra, solo un último ataque, uno y nada más.

El día terminó en un absoluto silencio mientras los soldados celebraban bebiendo vinos baratos, un sonido los alertó de un intruso y uno salió a eliminar el origen, pero nunca volvió, las luces se fueron y gritos invadieron la noche, gritos silenciados por la falsa paz de la noche vacía, todo cesó.

Un pelotón horrorizado miró el rio de sangre y el cuerpo inerte de 20 soldados ¿Cómo había sucedido aquello? El alba penetraba el cielo mientras sobre una lejana torre de escombros una figura encapuchada con una túnica roja y una inmensa espada sobre el hombro les señalaba y se perdía entre las ruinas, los soldados no podían creer que esa figura fuese la responsable.

Noche tras noche habían más y más bajas, siempre con un rio de sangre como firma, los soldados comenzaban a temer a ese dios de la muerte, entre ellos le llamaban “la muerte roja”, unos decían que era un ser imponente, otros que tenía un pacto con el otro mundo pero todos en el fondo le temían, un puro y nítido miedo a un juicio que sabían merecían.

Un joven capitán no creía fuese un ser todopoderoso, sentado frente a su tablero de ajedrez pensaba su siguiente jugada, seguramente sería un rebelde que buscaba desesperadamente una victoria imposible, deseaba ponerle una trampa, atapar a ese invisible justiciero, el no perdería contra un idealista.

La trampa fue puesta, pero el ratón rojizo no cayó en ella, mejor se llevó la vida de los captores con él, dejando a un frustrado capitán a borde de una locura inminente, los cazadores detestan perder.

El capitán daba vueltas en su oficina en el vacío campo de batalla, su tablero de ajedrez estaba en movimiento, las piezas blancas estaban dispersas tratando de acabar con el Rey de los negros, el rey estaba solo y desprotegido y sin embargo todas las piezas blancas no eran capaces de ponerlo en jaque, ese individuo llamado “la muerte roja” le estaba ganando la partida.

No estaba jugando apropiadamente, necesitaba arrinconarle, hacerlo que no tuviera a donde huir, no había mejor manera que demostrar que habían encontrado a los demás habitantes, si era un justiciero no los abandonaría y caería.

Esta vez él estaba comandando las tropas que había dispuesto a atacar al único refugio, uno bajo tierra, era de noche, el terreno del justiciero, le daría esa ayuda, si se acercaba estaba acabado.

Un gritó rompió el silencio y dos soldados cayeron, sobre un cañón estaba sentada la figura con la enorme espada ensangrentada, y una batalla comenzó para acabar con ese ser, ese que se movía como fantasma en las montañas de escombros, el rugido de los cañones rompía el silencio de la noche y el silbido de las balas creaban un coro, sin embargo seguían cayendo soldados hasta que un cañonazo impacto una montaña de escombros creando una explosión que mandó volar parte de esta, la figura se vio caer de espaldas mientras la túnica volaba en partes por el cielo de pólvora como si fuera humo, la figura quedó en el suelo mientras la sangre fluía, sin embargo se levantó dispuesto a seguir hasta que lo acorralaron y bajo la capucha que solo dejaba ver la boca se mostró una sonrisa maliciosa y levanto los brazos, el capitán se acercó a la sangrante figura y notó que no era nada imponente, era bastante bajo, a duras penas le llegaría al hombro, sin embargo lo mando arrestar, pidió le curaran para poder interrogarlo.

El capitán estaba sentado tras su escritorio mirando su tablero de ajedrez, cuando llegaron dos soldados con el individuo, ya no tenía la túnica, tenía una camisa de los soldados que le quedaba casi como bata, era un individuo pequeño y menudo, de piel blanca y con el cabello rubio cubriéndole totalmente los ojos y quedando a la altura del mentón en la parte de atrás, parecía que lo había cortado con la espada y seguramente así sería.

-Te he ganado, muerte roja

El individuo solo sonrió burlón, mirando el suelo

-Déjenme con él-

Los soldados salieron.

-Deberemos ejecutarte, has causado muchos problemas-

De nuevo la misma sonrisa

-¡De que te ríes!-

Molesto le tomo de la camisa levantándolo, la camisa se abrió mostrando un cuerpo blanco semi vendado con un pecho en desarrollo, una mujer.

-Una chica… pero ¿Cómo?-

-Igual que si fuera un chico, mi capitán-

Se burló la chica

-No pude estar perdiendo contra una chica-

Se sentó en su silla mirándola sin entender

-Corrijo, estás perdiendo contra una adolescente-

Se subió gateando a su escritorio quitándose el cabello de los ojos mostrando unos ojos verdes vacios

-¡He ganado!-

La tomó del cuello asfixiándola

-No… es así-

Dijo sonriendo a pesar de estarse ahogando

-Te ejecutaremos al alba-

La soltó marchándose del lugar dejándola encerrada.

-Es un jaque contra mí… -

Dijo la chica recostándose en el escritorio cerrando los ojos burlona.

El Alba

Los soldados estaban frente al refugio de los habitantes con la chica apresada, atada a un poste de madera, esta sonreía mientras le leían su sentencia, los soldados sabían que la chica estaba desquiciada.

-¿Un último deseo?

-Mi túnica-


Le colocaron la túnica sobre las cuerdas, mientras le apuntaban con rifles dispuestos a acabar con la niña

-Tus últimas palabras…

La chica sonrió.

-cuando la reina se sacrifica después de un buen juego, un peón le gana al rey-

El capitán mandó la orden de disparar, mientras de todas partes salían los rebeldes temerosos pero armados atacando a unos mermados soldados, la chica sonrió cuando le desataron, tomando su espada y dirigiéndose al capitán, que se defendió.

-Mi capitán, la guerra es un juego de ajedrez-

Le dijo riendo corriendo hasta una montaña de escombros mientras este le seguía furioso, ahí sin tener a donde correr el joven capitán le apuntó con su arma.

-No tienes a donde correr, muerte roja-

Y con odio le disparó, la chica se abrazó a él robándole un beso.

-Capitán…-

Sonrió con la sangre fluyendo de su boca, encajó la espada en la montaña de escombros y se dejó caer de espaldas al vacío.

-Jaque Mate-

Dijo en medio de la caída, la espada activó una mina y mandó a volar al capitán y los soldados cercanos, debilitando bastante a los invasores.


En la mesa estaba el tablero de ajedrez tenía una posición diferente, el rey de los blancos estaba arrinconado por peones negros, mientras la reina negra estaba tirada fuera del tablero a los pies del acabado rey blanco.

Fin